Tienen aletas, viven en el agua y pueden llegar a ser muy grandes. Sin embargo, las ballenas y los delfines no son peces, como los tiburones. Pertenecen al orden de los cetáceos, un grupo que reúne a los mamíferos acuáticos con placenta, es decir que tienen sangre caliente.

Respiran por los pulmones, no por las branquias como lo hacen los peces. Dan a luz, no ponen huevos y producen leche para sus crías. En el mundo hay más de 80 especies de cetáceos, entre ballenas, delfines y marsopas, una palabra que viene del latín cetus, que significa gran criatura marina.

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Esta es la información más conocida sobre estos carismáticos y llamativos cetáceos que han padecido por las embestidas de los humanos, como la cacería para comercializar su carne y aceite. Por eso, el Fondo Mundial para la Naturaleza (World Wildlife Fund - WWF) recopiló varios datos sorprendentes que han permanecido ocultos.

Bahía Málaga, en Chocó, es el lugar predilecto de las ballenas jorobadas para dar a luz a sus ballenatos. Foto: Lilián Flórez-Gonzalez (Fundación Yubarta).

Las ballenas tienen pelo. Antes de nacer, su cuerpo está cubierto por un vello corporal aterciopelado llamado lanugo y algunas incluso lo conservan de adultos. Por su parte, los delfines tienen más de una pareja y generalmente producen una sola cría que permanecerá con la madre hasta seis años, dependiendo de la especie.

Según WWF, las ballenas descienden de animales terrestres con extremidades. “Por eso, su columna no se balancea de lado a lado sino de arriba hacia abajo y su cola es horizontal, no vertical como la de un pez o la de un tiburón”.

El delfín del río Irawadi habita en las costas y estuarios del sudeste asiático. Foto: © naturepl.com / Roland Seitre / WWF.

Los delfines tienen dos estómagos: uno para almacenar la comida y otro para digerirla. “El delfín rosado de las cuencas de Amazonas y Orinoco es el delfín de río más grande del mundo y el único que puede mover el cuello, una adaptación que le permite atrapar peces entre las selvas inundadas”, revela la organización ambiental.

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El excremento de las ballenas funciona como fertilizante para los ecosistemas poco profundos. Al fertilizar el plancton fotosintético, retiene toneladas de carbón que, de lo contrario, irían a la atmósfera.

Orca en el mar del Norte, situado entre las costas de Noruega y Dinamarca. Foto: naturepl.com / Philip Stephen / WWF.

Mientras unas ballenas tienen dientes (llamadas odontocetos o cetáceos con dientes) y cazan peces, calamares y focas, otras (mysticetus o cetáceos con barbas) filtran microorganismos marinos como el krill y el plancton del agua, como una aspiradora gigante”, indica WWF.

La ballena azul, considerada como el animal más grande de todos los tiempos, puede llegar a ser del tamaño de un Airbus A320 y su lengua es igual de grande al tamaño de un elefante africano. “3.000 metros es la profundidad máxima alcanzada por una ballena de la que se tiene registro”.

Los ríos Amazonas y Orinoco albergan cuatro especies de delfines de río únicos en el mundo: Inia geoffrensis (delfín rosado o boto), Inia boliviensis (delfín boliviano), Inia araguaiaensis (delfín del río Araguaia) y Sotalia fluviatilis (tucuxi o delfín gris).

Cuatro especies únicas de delfín de río habitan en la Amazonia y Orinoquia. Foto: naturepl.com / Mark Carwardine / WWF.

En peligro

De las más de 80 especies de cetáceos, las especies de ballenas más destacables son la franca (Eubalaena glacialis), gris (Eschrichtius robustus), azul (Balaenoptera musculus), rorcual común o de aleta (Balaenoptera physalus), rorcual norteño (Balaenoptera borealis), boreal (Balaenoptera musculus), beluga (Delphinapterus leucas) y narval (Monodon monoceros). 

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Ocho de las 13 grandes especies de ballenas siguen en peligro de extinción o vulnerables después de décadas de protección. “Aunque las amenazas que sufre la especie son numerosas, las más críticas son la caza, redes de pesca, colisiones con buques, contaminación, desarrollo de petróleo y gas y el cambio climático”, informa WWF.

Delfín rosado del río Amazonas. Foto: naturepl.com / Mark Carwardine / WWF.

Al menos 300.000 ballenas, delfines y marsopas son víctimas de las capturas accidentales al año. La ballena franca del Atlántico Norte, en peligro de extinción, la ballena jorobada del Mar de Arabia y muchos delfines, son sus principales víctimas.

“La caza para la comercialización de productos, como carne y aceite, predominó durante 200 años, época en la que los marineros iban a lugares remotos durante meses embarcados en grandes balleneros a cazar, algo que no ha terminado del todo. A pesar de las políticas que prohíben su caza y comercialización desde 1986, esto sigue sucediendo”, advierte la organización.

Las ballenas jorobadas llegan al Pacífico colombiano a dar a luz a sus crías. Foto: Parques Nacionales Naturales.

Países como Noruega, Islandia y Japón permiten a sus pescadores cazar ballenas. “El caso de Japón es escandaloso, ya que caza ballenas en el océano Antártico disfrazando esta ilegítima actividad como una investigación científica”.

Las temperaturas más cálidas del océano y el derretimiento del hielo marino en las regiones polares pueden poner en peligro las zonas de alimentación ártica y antártica de muchas ballenas grandes. “El aumento de la radiación ultravioleta puede provocar una disminución de la población de krill, una fuente primaria de alimentos para muchas especies marinas”, apunta WWF.

El cambio en la disponibilidad de alimentos por las fluctuaciones climáticas ha afectado las tasas de reproducción de la ballena franca del Atlántico Norte, hoy en peligro de extinción. Estos cambios causan que las ballenas jorobadas y azules tengan que emigrar mucho más lejos para encontrar alimento.

Cacería y cambio climático están entre las amenazas para las ballenas y delfines. Foto: Gerry Ryan (WWF-Greater Mekong).

Las colisiones entre cetáceos y buques son una causa importante de muerte y lesiones traumáticas. Además, de acuerdo con WWF, es probable que estos accidentes se vuelvan más comunes debido a la creciente cantidad de tráfico en nuestros mares y al tamaño y velocidad cada vez mayores de los barcos de hoy en día.

Las corrientes de aire y agua transportan productos químicos y metales pesados ??de todo el mundo hasta el Ártico y el subártico. Según WWF, una vez que los productos químicos llegan al Ártico, tardan mucho tiempo en descomponerse por el frío, la falta de luz solar y la falta de actividad bacteriana.

“Los estudios de tejidos de ballenas y delfines de todo el mundo muestran niveles significativos de contaminantes orgánicos persistentes y productos químicos que alteran el sistema endocrino”.